Ruta del Vino de Rueda

CHELO LA PALANGANERA, relato ganador del concurso Pueblos y Sabores
31/05/2020

CHELO LA PALANGANERA, relato ganador del concurso Pueblos y Sabores


1º premio, Categoría Relato Corto. Dotado con 700€ de premio

AUTOR:  JOAQUÍN ORTIZ ORTIZ

SEUDÓNIMO: PAPEL DE LIJA

LOS SANTOS DE MAIMONA (BADAJOZ)



El día que la Chelo le metió dos cartuchazos de sal a aquel pamplinoso de capital, tenía setenta y tres años y el alma pasada por el molinillo del café. El saborío, con el descaro que da el dinero, le insistió una y otra vez en comprarle la huerta de la estación para hacer una planta solar. Para calambres, sobra con la vida, le respondió con cara de vinagre la primera vez que se vieron, la segunda vez le dijo que las macetas no podían vender su tierra, y la tercera le aventó dos ráfagazos de sal gorda que le dejaron el pecho estampado con una varicela de caballo durante semanas.


Cuando al pujiede se le alivió la transparencia del miedo y le volvió el color a la carne, removió Roma con Santiago para exigir con normas y con melindres de ciudad que encarceláramos a la Chelo. Por eso, a los pocos días, empezamos a recibir docenas de cartas oficiales con una palabrería tan pomposa que al leerlas nos daban ganas de santiguarnos porque sonaban a sermón de misa de difunto. Y por eso nosotros, para defendernos de esta invasión de remilgos de capital, fuimos a buscar a la resolana de Mariaño a Luisito el cantinero, que era el único coleccionista de palabras que nos quedaba vivo.


Para limar pamplinas lo mejor es un estropajo de cuerda basta, dijo el cantinero, no se puede embotellar lo que ya está dentro de una botella. Díganles a los mojigatos que todavía están en la estación los azulejos arrancados a mordiscos, los espejos reventados, el reloj con el rejonazo seco y el teléfono de montera por donde un día se le escurrió la vida a la Palanganera. Hace cincuenta años que la Chelo se recluyó como hortelana de clausura en las sombras de la huerta y no quiere saber nada del mundo desde la tarde de su boda. Cuéntenles que esa tarde, se le apareció en la vía un monstruo lerdo y agrio que llevaba barruntando en sus sueños desde hacía años. Lo había visto entre sus pertrechos de adivinación. Allí, en las escurrajas del agua salada, en el fondo de la palangana, estaba escrito que vendría y aunque lo estaba esperando, no lo vio llegar.


La Chelo, para que lo sepan, se ganó la vida en el andén de la estación jugando a las adivinaciones con forasteros, porque aquí todos sabíamos que, como la palangana tenía cincuenta remiendos de latero viejo y la sal gorda era de las sobras sucias de los almacenes de la estación, las visiones siempre le salían manchadas con lamparones oscuros. Pero con la soltura de la que nada tiene que perder, limpiaba las visiones sucias con el estropajo de la buenaventura y las vendía por dos pesetas contándote con desparpajo que, a usted señora, se le caerán las verrugas en cuanto entierre tres rosarios y dos escapularios en aceite de oliva, y al caballero cano le saldrán las albérchigas sin cocos el día que se peine sin brillantina. Pero entre a ti te miro el porvenir en el brillo de los ojos, a usted le seco los lunares y al niño le cuento el cuento del tonto que se fue al fin del mundo para encontrar lo que no había buscado aquí, a la Chelo se le gastó la niñez, se le rizó la melena rubia y se le llenó el vestido blanco con curvas y con tensiones de mujer de sangre caliente.


Pero el mundo efervescente de su juventud venía con una tara de fábrica. A la Chelo se le disipaba su inquietud de mujer ardiente y se le mustiaba el alma de jovencita en cuanto las viñas empezaban a brotar. Díganles que cuando llegaba el calor, cada vez que metía los pies descalzos en la palangana se le llenaba el estómago con una sopa fría de alambres. Era entonces, y solo entonces, cuando las visiones que le salían de la vasija eran tan claras como amargas. Flotando entre vapores, emergía la visión de dos transatlánticos descomunales que se habían escapado del mar, y desmochando olivos y reventando cepas, navegaban a la deriva en un crucero sin rumbo por en medio de las viñas de nuestro pueblo.


Aquellos dos barcos sin orden se le metían en las adivinaciones como un gorriato dentro de un telescopio en cuanto las cepas se llenaban de hojas. La Chelo buscó febrilmente los códigos del misterio para que aquellos mostrencos sin cimientos y sin juicio encallaran en una esquina de su paciencia, pero mientras hacía calor, solo podía ver cómo se escurrían campo abajo, atravesando las viñas al través cada vez que cerraba los ojos, y no se le borraban de las pupilas hasta que en la época de la poda , el frio del invierno le escarchaba la sangre y le mustiaba la espita de los ardores de mujer joven.


Cuanto más verde se ponían las viñas en el secarral de julio, más grandes se hacían los dos mostrencos escapados del mar. Y una mañana de verano, agotada de que aquellos transatlánticos aparecieran nublando su cabeza como la peor de las resacas de vino caliente, probó a echar en la palangana jengibre y canela para endulzar las visiones. Contadles a los de la capital que fue entonces cuando de sopetón, le brotó entre los vapores de la vasija un hombre moreno de labios limpios y con un frescor dulce clavado en la boca. A medida que se iban disolviendo los condimentos en la palangana, el humo se fue haciendo cada vez más denso, más palpable, hasta que aquel hombre hecho de nubes se fundió con ella en un abrazo de vapores, y comiéndosela a besos de pegamento espeso le enseñó sus manos ásperas y sin huellas diciéndole: Soy Martín, el de la huerta de detrás de la estación.


Y a los pocos días, arrinconando a los transatlánticos, a la Chelo se le descarriló la prudencia y una tarde de junio se le resbaló el interior cuando le dijo al Martín que sus besos de humo sabían a mañanitas de niebla. El Martín se creyó su futuro de palangana y dejó la huerta para encontrase al anochecer en los vagones de literas arrumbados en la vía muerta. Y como él no sabía de letras, la leyó en braille mil veces, repasando despacio las estrofas que mejor sonaban hasta que se le gastaron las yemas de los dedos. Y al tacto, se buscaron los tapones por donde desaguar el peso de las vergüenzas, y se quedaron flotando en una pecera de arrope de melaza esperando que los roces hicieran estallar las piezas de fósforo con las que estaban hechos. Luego, al amanecer, enredados en una madeja de carne rizada, jugaron a las prendas con lo más profundo de las entrañas; toma, creo que éste es tu corazón, dame esos pulmones que me asfixio y a ver si encuentras mis ojos detrás de tu mirada que me estoy quedando ciego. Y con los primeros rayos de luz, la Chelo se mordió los labios por si se los había quedado olvidados entre los besos. Y el Martín se fue a la huerta contándose los dedos por si alguno se enredó en las caricias, y mientras cantaba se miró la yema para confirmar que entre abrazos y roces, lo mismo que al hombre del humo, se le habían borrado todas las huellas.


Empujando a los barcos contra la esquina de la indiferencia, la Chelo se fue a vivir a la huerta y atrapados el uno por el otro, se quisieron en silencio en las siestas de julio. Por las tardes la Chelo le enseñó a leer todas las letras que hacen falta para escribir caricias, y las noches de agosto, cuando ya se sentía el relente del final del verano, se hicieron de besos de goma laca y de historias garrapiñadas con el azúcar moreno de la pasión. Díganles que se casaron en la estación una mañana limpia del veranillo de San Miguel, sin oficiante y con un rito corto escrito por la Chelo.


- El amor es una pamplina si solo son palabras de regaliz. Martín, importa más el movimiento que el motor. Amén


Pero aquel otoño que vino con su olor de mosto nuevo, con una ceremonia de boda y con sus noches de días menguantes, se partió para siempre en dos mitades cuando se escucharon los silbatazos desesperados del jefe de la estación. El mostrenco descabezado y apático que estaban esperando se presentó sin aviso en el anochecer de aquel día de finales de septiembre. Asomando los hocicos como gatos intrusos, aparecieron dos vagones colosales, cargados con todo el hierro del mundo, que se habían desenganchado por accidente del Mercancías de Rio Tinto. Delante de ella, al alcance de sus manos estaban los transatlánticos amargosos que habían salido de sus peores sueños de palangana. Pero aquello ya no era solo el sabor agrio de las visiones, era un cuchillazo frío que partía su mundo en dos mitades.


- ¡Ah coño, era esto, los putos barcos eran vagones, esto era!


Fue en ese momento, que lo sepan, cuando a la Chelo se le cayó el alma en el molinillo del café. Sin tránsito saltó a la vía y se abrazó como loca al enganche trasero de aquella alimaña cansina. Párate hijoputa, párate. Pero con una sordera de hierro, el monstruo arrastró a la Chelo entre piedras y traviesas, le arrancó la ropa restregándola como a los trapos de la taberna, porraceándola contra el suelo le desolló los codos, le descarnó las rodillas y la despellejó entera hasta que sus brazos ya no pudieron soportar más aquella carga de muerte; entonces le tiró bocaos de perra rabiosa a los hierros del pescante, y masticando sangre se amarró el pelo rizado al enganche, pero el ogro ciego la arrastró con desprecio hasta arrancarle la melena rubia y dejarla clavada de rodillas, en medio de la vía, mirando como aquel basilisco se perdía sin control en la oscuridad lo mismo que los barcos lerdos de sus sueños.


Cuéntenles que aferrada a la última esperanza y vertiéndose por casi todas las llagas por las que a una mujer se le puede escurrir la vida, se levantó y se presentó desnuda, porraceada y calva en la sala de espera. Explíquenles que el mundo se quedó sin suelo cuando vio que el jefe de estación colgaba aquel teléfono negro de montera por donde le habían confirmado que el Ómnibus de las ocho que venía de Villafranca, ya había salido. Y díganles que el aire fresco de septiembre se hizo de aguardiente hirviendo porque su marido venía en el tren con cuatro plantas de parra dulce para hacer un porche de sombra espesa en la puerta de la casita de la huerta.


Y con una palanca del cambio de agujas, en una explosión de cólera, reventó todo lo que le salía al paso, despegó a mordiscos los azulejos de los zócalos de la sala de espera, a cabezazos reventó los espejos y entre escupitajos de sangre se arrancó el alma tirándose a gritos de las cuerdas vocales. Y un poco antes de caer en un estado febril de años, le clavó al reloj oficial un rejonazo en el costado para que no supiera contar el tiempo que le quedaba para ser viuda, porque su marido venía desde Villafranca, en el Ómnibus de las ocho, con cuatro plantas de viña para hacer un porche de parra en la casa de la huerta de la estación. Y fue entonces cuando un hilillo de sangre caliente, procedente de sus entrañas, le recorrió la entre pierna para recordarle que las desgracias nunca viajan solas, y que el hijo que empezaba a nadar en su vientre se iba de viaje con su padre.


El pobre Martín, en el anochecer del día de su boda se encontró de frente y se reventó contra dos transatlánticos perdidos en un océano de viñas. Cuando vio por dónde se le iba a escapar la vida, para que las plantas no se machacaran contra aquellos mostrencos perdidos, haciendo caso a la Chelo, hizo gestos con el amor y sacó sus manos sin huellas por la ventanilla del tren. Y la mañana del martes, delante de mí, la guardia civil le entregó las cuatro plantas de viña manchadas de sangre y amarradas con la rigidez de la muerte. La Chelo leyó las caricias del Martín en las yemas sin huellas, y como no pudo abrir los puños hechos de dedos de granito tallado, entre los dos, enterramos las manos y las plantas de viña en la entrada de la casita para que hicieran un palenque de sombras.


Y como por la sabia circulaba la sangre caliente y la pasión del Martín por reencontrarse con la Chelo, en cuanto la tierra sintió el calor, aquellas parras crecieron con el vértigo de la desesperación, y los sarmientos se rizaron como muelles contra todo cuanto salía a su encuentro. A ninguno de nosotros nos extrañó que las raíces minaran el suelo de la huerta hasta tropezar con el frescor del piso, que reventaran las baldosas y que se fueran colando con ansia en el mundo profundo de la casa. Y en un correcalles subterráneo, aparecieron con un hilo de voz por el grifo de la cocina, se asomaron a borbotones por el desagüe del fregadero y una fuente de alambres desbordada asaltó los aliviaderos del baño como si buscaran las intimidades de la Chelo.


En invierno, la casa quedaba atrapada en una maraña de vilortas. Por fuera, los sarmientos, se aferraron a las rejas con zarcillos en espiral, se agarraron a las paredes encaladas con la fuerza de las uñas del Martin, y gatearon tapia arriba cubriendo los tejados hasta que encontraron la chimenea y se vertieron a la sala como una catarata de greñas para escuchar juntos los seriales de la radio. Y en primavera, los brotes estallaban como palomitas de cine caro, y la casa quedaba columpiándose en una góndola con hojas como orejas de elefante.
Pero mecer no quita el hambre, por eso la Chelo, ansiosa por los besos de pegamento espeso del Martín, tenía que esperar hasta después de Santiago. Tachando los días, esperaba que aquella jungla verde endulzara los racimos de colores que colgaban como murciélagos mudos en la sombra del porche. Y esperaba, y esperaba hasta que Santiago pintaba el vago y era entonces cuando vendimiaba por partes y con suavidad de relojero aquel dosel verde.


A la sombra de las parras, con el aire solano en la cara, la Chelo hacía mosto en la palangana pisando los pellejos despacio, y el caldo caliente que se le escapaba por entre los dedos de los pies le atravesaba la piel con detonaciones de burbujas. Mientras el veneno dulzón le subía por las piernas como el café sube por los terrones de azúcar, sin poderlo remediar, se tragaba docenas de embozadas de caldo garrapiñado con pepitas de semillas para que el pecho escocido de arañazos rancios, se le desinfectara con aquella sedación de vacunas de sabores y de recuerdos. Ese era el momento que llevaba esperando todo el año, era el momento que esperaba todos los años desde el día de su boda. Esperaba con ansia que los calambrazos de azúcar del mosto del Martín le recorrieran las venas mustias y le aliviaran el escozor agrio del alma, porque a la Palanganera, por fin y después de meses de espera, con los pies hundidos en mosto, se le volvía opaco el futuro, y solo durante unos días al año y cambiando la sal por el almíbar del caldo, se le aparecían con claridad las visiones más dulces del pasado.


Pero fue entonces cuando en la estación se apareció un monstruo nuevo, sordo y ciego a las razones profundas del campo, un mostrenco áspero que no se enteró de que las macetas no pueden vender su tierra porque son el esfuerzo que hacen los que se fueron para seguir hablando con nosotros, que no quiso ver que las encinas, el barro y las viñas son la manera que tenemos de quedarnos un ratito más cuando nos hayamos ido.


Acaben contándoles que el día de los cartuchazos, el pamplinoso se encontró a la Chelo con los pies hundido en mosto caliente, y no se le ocurrió otra cosa que quererle cambiar la huerta y la palangana por un piso con ascensor y con bañera de loza. Menos mal que por aquí tenemos claro que hay cosas tan agarradas a la tierra que no se pueden arrancar sin que sangren, por eso hacía días que habíamos ido a cambiar los cartuchos de postas por otros de sal gorda, que si no, el melindroso tendría ahora un sitio en el suelo de la huerta del que seguramente solo brotarían cardos borriqueros.
Sección: Concursos

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