Ruta del Vino de Rueda

LAS ESMERALDAS, 2º premio del concurso Pueblos y Sabores
31/05/2020

LAS ESMERALDAS, 2º premio del concurso Pueblos y Sabores


2º premio, Categoría Relato Corto. Dotado con 400€ de premio

AUTORA:  ESTHER ESTÉBANEZ

SEUDÓNIMO: PAPEL DE LIJA

VALLADOLID

 


Como todas las mañanas, aquel joven campesino se levantó al alba. Se vistió rápido su raído pantalón de trabajo, desayunó los restos de la cena y salió camino del páramo. Esa mañana el cielo estaba limpio e iba a ser un día de sol. Cogió su azada y un zurrón con el almuerzo que su madre le había preparado. Su madre era una mujer viuda, los dos vivían en una casa humilde a las afueras de Rueda, cerca de las bodegas. Todas las noches le preparaba el desayuno y el almuerzo del día siguiente y, así, el joven por las mañanas podía salir a trabajar sin llevar el estómago vacío. El muchacho era un labrador, como su padre, que cultivaba las tierras que había heredado de este. Vivían de forma sencilla al igual que sus vecinos de aquella comarca cercana a Medina.


Esa mañana iba pensando en cómo sembraría aquel terruño que tenía cerca del arroyo de la Cárcava. Era una tierra muy pobre que le dejó su tío, hermano de su madre, hombre humilde como ellos, que había fallecido hace unos años sin más familia que su hermana y su sobrino, no tenía muy claro que sacaría de ella, no valía para cereal, que era lo más común por esas tierras, plantaría árboles… esa tierra seca y pedregosa no le iba a sacar de pobre.


Rico, su perro fiel y amigo, le acompañaba en su faena todos los días, solía caminar al lado de su amo, pero también gustaba de correr detrás de algún conejo. Caminaba delante para vigilar el camino de su amo y,siempre alegre, ladrando a los pájaros.


De camino solían parar a tomar agua en el arroyo de la Cárcava que brotaba de una ladera donde levantaba un cerro. Sus aguas eran transparentes y corrían hacia el río Zapardiel, que pasaba no muy lejos de allí, en su camino hacia el Duero. Al joven campesino le gustaba seguir el camino del arroyo hasta llegar a su tierra. Ese arroyo estaba flanqueado de verdes juncos y arbustos que le daban un aspecto de camino verde que pasaba por entre pinares.


Cuando llegaron a las lindes, Rico se encontraba inquieto, andaba mirando hacia el cerro donde arrancaba el arroyo. Otros días se dedicaba a pasear por el pinar y, mientras él trabajaba, dormitaba a la sombra de algún pino. Empezó a ladrar y corrió hacia una roca donde comenzó a escarbar, en ese sitio había una vieja poza seca y algunas cuevas que hace tiempo se había tapado y donde no había más que ramas y piedras.


—Rico, ten cuidado que te vas a caer al pozo, no te acerques ahí— dijo el campesino mientras corría hacia el perro. En aquella zona había varias cuevas, horadadas por el agua en un suelo calizo.


Este seguía inquieto, ¿qué es lo que habría visto? De pronto oyó un quejido que venía de la poza. El joven campesino se sobresaltó y empezó a remover los escombros y rocas que tapaban las cuevas.


—Cómo es posible que alguien haya caído en este agujero— pensó —si esto está tapado desde hace años y por aquí no pasa nadie.


Volvió a oír un quejido, esta vez era un lamento, como si alguien llorase. Cogió su azada y comenzó a remover las tierras y a golpear las rocas, logró abrir un resquicio por el que se veía una covacha


—Quien anda ahí— gritó el joven.


Por el hueco pudo ver una mano blanca pidiendo auxilio, logró retirar la roca y al fondo del pozo pudo ver acurrucada una asustada joven con los ojos llenos de lágrimas.


—Quien eres tú y que haces aquí— preguntó el joven—Quien te ha enterrado en esta cueva.
La joven salió temblando huyendo de la luz se acurrucó temerosa bajo los pinos. Rico se arrimó a la muchacha y lamió sus rodillas para consolarla.


—Te agradezco que me hayas liberado y te daré una recompensa— Dijo la joven muy asustada.


El campesino no daba crédito, era una joven hermosa de ojos verdes, vestida de seda del mismo color que sus ojos. Se preguntó si no sería una dama del Castillo de Medina. ¿Cómo habría terminado aquí? Y como habría acabado encerrada en una cueva. ¿No sería una bruja a la que la inquisición habría condenado de forma terrible?


—Vengo desde el río Duero, recorrí el Zapardiel y esta noche subí por el arroyo de la Cárcava, quería ver el páramo del que tanto me habló mi padre—contó la joven— Lo veía tan bello que me olvidé, al llegar al cerro, de que estaba amaneciendo. Allí me descubrió un demonio de los riscos que no me dejó volver— continuó contando la joven— sabía que las ninfas de los ríos tenemos poder y riquezas. Como no se las di me encerró en esta cueva. Quería pedirle a mi padre un rescate de esmeraldas. Pero él no las merece— dijo enfadada—es egoísta y ambicioso, no compartirá las riquezas con nadie y esta tierra seguirá siendo seca y estéril.


La joven echo a correr hacia el arroyo. El campesino la siguió. La muchacha corría entre los juncos como si pudiese andar por el agua y Rico correteaba alegre alrededor de ella. Entonces se acercó al campesino y le dijo:


—Me has salvado la vida y tendrás tu recompensa, aquello que buscaba el demonio será solo para ti, serás feliz y vivirás en la abundancia— y la ninfa del arroyo le entregó una guirnalda que llevaba en el brazo a modo de brazalete.


El campesino miró el brazalete y vio que estaba formado por uvas engarzadas. Uvas verdes grandes y brillantes. El joven lo miró sorprendido y extrañado, y después indignado.
Cuando levantó la vista la ninfa había desaparecido, se había ido sigilosa por el arroyo a refugiarse a las aguas del Zapardiel, dejándole solo y perplejo.


—Me esperaba algo mejor-dijo el campesino en tono agriado-. Podía haberme dado oro o joyas, con lo que hubiese sido rico y pudiera vivir en la abundancia. En cambio solo me da un puñado de uvas que no valen nada.


El joven arrojó las uvas al pedregal con desprecio y se fue hacia su casa enfurecido y sintiéndose engañado.


—Esa ninfa tonta se ha burlado de mí.


Pasaron los días y los meses, el joven volvió a sus faenas y poco a poco se fue olvidando de aquel suceso, siguió con su trabajo sin contarle a nadie el episodio de la ninfa de ojos verdes. Seguía saliendo por las mañanas con su fiel perro correteando a su paso, para volver por la noche cubierto de polvo y cansancio. Su madre seguía cuidando de él con esmero y preparando su almuerzo cada noche para el día siguiente.


Quiso el tiempo que volviese a interesarse por aquel terreno pedregoso, y una mañana temprano se encaminó de nuevo hacia aquella seca tierra pensando que provecho podría darla. Llegó sin contratiempos detrás del correr de su fiel amigo.


Se sorprendió cuando vio que en el lugar donde había arrojado la pulsera de la ninfa, había un frondoso arbusto. Al acercarse vio que era una viña de ensortijadas ramas y grandes hojas, que de alguna manera, le recordaba a la guirnalda de la joven. Entre las ramas, se escondía un racimo de jugosas uvas verdes, grandes como los ojos de la muchacha. Cuando se las llevó a la boca, las uvas explotaron en su paladar derramando un néctar dulce. Nunca había probado unas uvas tan sabrosas.


Recogió los racimos en un cesto y corrió a su casa a llevarlos a su madre y a contarle lo que había descubierto en la tierra pedregosa que le había dejado su hermano.


Pasaron los años y aquel pedregal rocoso a orillas del arroyo estaba salpicado de un sinfín de viñas que lo cubrían de verde. El campesino y su fiel perro iban todos los días a cuidar del viñedo por el camino del arroyo. No había en toda la comarca unas uvas como esas, ni campesino que las cuidase con más dedicación. Las uvas se vendían en el mercado de Medina, donde gozaban de buena fama y muchos compradores ansiaban la mercancía, sobre todo los bodegueros, con lo que el joven se convirtió en un campesino próspero y aquel terreno pedregoso era ahora una tierra fértil y generosa.


Al campesino le gustaba pasear por el arrollo de la Cárcava, el sol de la mañana hacía brotar en las aguas del arroyo reflejos verdes que le recordaban a la ninfa corriendo por entre los juncos. Por las tardes cuando el viento soplaba entre las hojas de las viñas le parecía oír un susurro, una alegre risa, una voz femenina.


Una tarde, en la que el viento corría entre las hojas de las viñas, su fiel Rico andaba jugando y saltando entre las cepas.


—Algún conejo andará siguiendo— Se dijo el campesino.


Al cabo de un rato se acercó hacia su amo y del hocico traía una guirnalda hecha de ramas que tenía entrelazadas grandes y verdes uvas, como los ojos de la muchacha. El joven quedó sorprendido y asombrado, y pudo escuchar en el viento un murmullo que le susurraba:


—“Gracias por salvarme”

Sección: Concursos

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