Ruta del Vino de Rueda

EL MAJUELICO DE LAS MULAS, 3ª premio del concurso Pueblos y Sabores
31/05/2020

EL MAJUELICO DE LAS MULAS, 3ª premio del concurso Pueblos y Sabores


3º premio, Categoría Relato Corto. Dotado con 300€.

AUTOR:  Andrés Nortes

SEUDÓNIMO: CIRCE

CARAVACA DE LA CRUZ (MURCIA)


 

Mi madre todavía poseía algunas cepas centenarias que se habían librado de la mortífera filoxera en la histórica campiña de Nieva. Apenas media hectárea con retorcidas vides de verdejo ancestral en pie franco, indultadas de las larvas del temible pulgón por la constitución arenosa del terreno, donde las longevas plantas hundían profundamente sus raíces. Una vez al año me hacía enganchar las mulas a un antiguo arado y trazar surcos lentamente sobre aquel suelo pardo. Los animales no protestaban, parecían reconocer en esa periódica labor la misma intención oculta que su dueña. Yo sí refunfuñaba a cada paso, acostumbrado a labrar desde el cómodo asiento del tractor, renegando por cada gota de sudor que se mezclaba con el polvo del viñedo dejando sobre mi piel una delgada pátina de barro.


─¿Cuándo dejaremos de perder el tiempo de modo tan inútil?


Mi madre iba siempre a mi lado, tomando la alternativa en las manceras del arado cuando me veía flaquear o la maniobra con las bestias se le antojaba peligrosa para mi edad. Siempre me contestaba con la misma parquedad, sin dejar de mirar al frente para no torcerse en las perfectas hileras que era capaz de trazar, heredera de una sabiduría secular.


─Lo sabrás a su debido tiempo, Marcos, a su debido tiempo.


Yo persistía en mi continua protesta, más por terquedad que por considerar seriamente la posibilidad de doblegar la inquebrantable voluntad de mi madre, acostumbrada a gobernar la hacienda con reciedumbre, sin colaboración alguna de mi padre, al que nunca llegué a conocer. Ella tenía ascendencia aragonesa, y llamaba a ese peculiar trozo de tierra el Majuelico de las Mulas, con el característico diminutivo en ico propio de sus ancestros.


─Podríamos sacarle más del triple de producción a esta parcela, estamos perdiendo dinero ─ insistía yo.


Ella no contestaba ya a las sucesivas protestas, solo me hacía dar vueltas y vueltas alrededor de la viña, desde la alborada hasta la puesta de sol, momento en que recogíamos los aperos, los cargábamos a lomos de las caballerías y, agotados por el cansancio, regresábamos andando a la bodega, tal como habíamos llegado. Solo una pausa para comer interrumpía nuestro atávico ritual de labranza. Asunción, mi madre, abandonaba el tajo y en un afloramiento de pizarra encendía un fuego con sarmientos. Cuando las brasas estaban listas depositaba sobre ellas unas costillas de cordero proveniente de nuestro propio rebaño. La carne iba tomando un maravilloso tono dorado tras dar vueltas y revueltas sobre las ascuas, manejada por la diestra mano de la cocinera. Yo masticaba despacio, intentando sustraer a la dura faena unos minutos más para prolongar el exquisito banquete.


Aquella mujer de hierro y caricias siempre aprovechaba ese maravilloso momento para hacerme algunas revelaciones y realizar una especie de balance acerca de mi comportamiento desde la última visita al Majuelico. Al terminar callaba, manteniendo su mirada puesta en un infinito inescrutable: más allá de la tierra recién asurcada, de las malas hierbas, de los codones marcados por la vertedera, del sol de mediodía y del viento cargado de polvo, sus ojos parecían anclarse en un objetivo ultramontano, allende nuestro horizonte. Por respeto a su entrañable silencio nunca me atreví a preguntarle por esa visión íntima, aunque sospechaba alguna relación con la misteriosa ausencia de mi padre, del que nunca llegó a revelarme absolutamente nada.


El año de mi último curso de bachillerato, al volver Asunción de su paseo visual por el lado oculto del horizonte tras una de esas comidas silvestres al amor de la lumbre, extremó la seriedad de su semblante al decirme:


─Marcos, el año que viene irás a estudiar a La Rioja.


Yo nunca había salido de la comarca, cada día acudía puntualmente al instituto de Santa María y el resto del tiempo lo pasaba alternando el trabajo de la hacienda con los deberes escolares. Nunca hice un viaje de estudios, ni siquiera le pedí permiso a ella por no ponerla en el brete de negármelo ante la escasez de dinero y la sobrecarga de trabajo. Prefería quedarme cerca, estudiando en Segovia o Valladolid, y esbocé un tímido reparo.


─¿Por qué tan lejos?


─Lo cercano acabarás aprendiéndolo tarde o temprano, tus amigos y tu familia siempre serán un refugio seguro, pero hay otra parte del mundo esperando ser explorada por tu alma juvenil mientras te conviertes en un hombre.


El resto del día lo pasé dándole vueltas a la cabeza, meditando al paso de las mulas, sin acordarme de expresar mis habituales quejas: no me hacía gracia conocer otros territorios, ni hacer nuevos e inciertos amigos. Tampoco era un estudiante destacado, me limitaba a ir pasando de curso en curso con simples aprobados. Quizás las horas de tractor tenían parte de culpa en esa mediocridad académica. Dejar sola a mi madre al menos cuatro años ni me pasaba por la cabeza, sin embargo ella había estado trazando planes, ahorrando céntimo a céntimo, para posibilitar mi graduación.


El día de mi partida me llevó a la estación de Valladolid y en el andén, frente a la puerta de un vagón de segunda clase, me dio un amantísimo y prolongado abrazo. Al separar nuestros cuerpos me miró con dulzura y, sujetándome por los hombros, se despidió lacónicamente.


─Pórtate bien ─fueron sus únicas palabras.


El primer curso de la carrera de enología lo pasé rematadamente mal. Cada noche miraba la maleta colocada sobre el armario con ánimo de volverla a llenar y tomar el tren de regreso. La física, la química, las matemáticas… no eran mi fuerte y no encontraba vinculación alguna entre las sucesiones de Cauchy y la fermentación alcohólica. Para colmo de males, unos condiscípulos malcriados no desaprovechaban ninguna ocasión para burlarse de mis modales rústicos y de mi origen humilde Ante la falta de respuesta a sus provocaciones, se fueron envalentonando y me acosaban a todas horas sin disimulo. Sus agresiones llegaron a obsesionarme, robándome la poca capacidad de concentración que me quedaba.
A mediados de diciembre entraron en la habitación, gritando y dando golpes para amedrentarnos. Habían bebido y pretendían divertirse a nuestra costa. Mi compañero de cuarto se quedó paralizado, era un muchacho de Loscos, todavía más retraído que yo. Mi mesa aparecía repleta de borradores y hojas sueltas con ecuaciones: intentaba solucionar un problema que se resistía sobremanera a mi mente poco adiestrada. Si aquellos energúmenos rompían o mojaban el papel con sus cervezas supondría empezar de nuevo. Me interpuse entre ellos y mi escritorio para proteger mis anotaciones. Lo interpretaron como una muestra de enfrentamiento y el más provocador intentó empujarme. Lo agarré por las muñecas, apretándolas con la misma fuerza que sujetaba las manceras del arado de mi madre. Estaba muy resentido, harto de sus bromas pesadas y de sus insultos, y tuve la certeza de poder partírselas si así me lo proponía, envalentonado por la ira. Él debió de ver en mis pupilas dilatadas la misma determinación y, para no encajar una derrota ante sus amigotes, consciente de correr un serio peligro, optó por una solución rápida y pacífica.


─No te lo tomes así, hombre, solo bromeaba.


No aflojé de inmediato la tenaza de mis dedos curtidos por el trabajo duro sobre su piel delicada, después de todo estaba dispuesto a renunciar a mis estudios al final del trimestre, no me importaba una expulsión. Entonces recordé las últimas palabras de mi madre al despedirme en la Estación del Norte y comprendí que estaban referidas a ese momento preciso. Se las fui soltando muy despacio.


─Claro, chico, yo también bromeaba ─contesté, tragándome la rabia.


Ese fue el último incidente con ellos, a partir de ahí me dejaron tranquilo.


Doña Carmen, la Decana, enseñaba biología y, tal vez por mi aspecto rudo y poco cultivado, me tenía una especial consideración. Sus ojos, como los de mi madre, tenían el poder de extraer emociones ocultas mediante la trepanación visual. Un día se hizo la encontradiza y me metió a su despacho.


─¿Te pasa algo, Marcos? Ya sabes que puedes contármelo.


─¿Quiere decir, además de no haber aprobado todavía ni un examen?


Ella no se inmutó por mi contestación asomada al alféizar de la derrota. Me observó durante unos segundos y preguntó.


─¿Acaso piensas en dejarlo?


Su pregunta resonó en mi pecho como el tronar de una bala de cañón recién disparada. Me resistía a decirle la verdad, no quería seguir, dejarme convencer para retomar un camino que cruzaba el prado urticante de mis miedos insalvables. Por respeto a su amabilidad, contesté sin rodeos:


─La verdad, he decidido no volver después de las vacaciones.


─Tal vez quieras contarme la razón ─dijo en tono muy suave.


Perdí el control, exploté. Toda la frustración acumulada salió a borbotones desde mi cerebro para golpearme los labios como el agua de un arroyo alpino choca contra las rocas desnudas.
─¿La razón? ─casi grité─ No existe una concreta y hay miles a la vez. No quiero resolver más ecuaciones, formular compuestos inorgánicos ni comprender la síntesis de proteínas. No entiendo la relación de estos estudios con la tierra, el sol, el frío del invierno y la sequía del verano que se unen para alumbrar las pequeñas uvas amarillas de mi pueblo. Soy incapaz de memorizar sus listas de microorganismos en latín. No soporto la mirada cruel de mis compañeros ni sus alusiones veladas a mi rusticidad y a mi pobreza. Y no sé qué hago tan lejos de casa, con mi madre ocupándose en solitario de todo el tráfago de la bodega.
Seguí y seguí vaciando sobre su mesa el saco de los lamentos mientras ella escuchaba con atención, en silencio, a la espera del mejor momento para contestarme. Cuando las palabras se ahogaron en mi garganta y mis ojos brillaban barruntando alguna lágrima imposible de reprimir, sonó su voz segura y condescendiente.


─¿Y no has pensado que tal vez tu madre te envió aquí para enfrentarte a esas dificultades porque confiaba en tu capacidad de superarlas? No se alcanzan elevadas metas sin esfuerzos parejos a su grandeza. El título universitario dará cuenta de tu zambullida en las fuentes del conocimiento y de tu solvencia científica, pero antes has de recorrer un camino iniciático, una estrada que calará en tu mente cambiándola para siempre. A su debido tiempo lo entenderás, Marcos, y te verás transformado en un auténtico enólogo.


No sé si esas benditas palabras salieron de su boca por azar o por influjo de alguna de las deidades benefactoras de los viticultores, pero me impresionó intensamente su similitud con las respuestas de Asunción. Tras agradecerle el consejo, me sequé los ojos y abandoné el despacho. Sentí una honda tristeza al recordar mis peonadas con el arado a regañadientes, a la par que una profunda veneración por la maravillosa intuición de mi madre. Entendí emocionado su porfía en encomendarme tareas tan duras como arar tras una yunta, la única forma a su alcance de curtirme como persona, de enseñarme a trabajar ignorando el cansancio y la desazón para afrontar con éxito los más espinosos trances de mi vida futura y, en especial, los complejos estudios universitarios.


Antes de las vacaciones de invierno solo aprobé la asignatura de Carmen, y todavía dudo si esa nota obedeció a mis méritos o a su empujón. Al volver en enero logré enderezar mi trayectoria académica. Aprendí a no levantar la cabeza del escritorio mientras rellenaba folios y folios superando el cansancio, con la resignación de mis mulas al destripar la dura costra terrestre. Mi cerebro poco estructurado comenzó a ordenarse gracias al estudio como el arado peina un bancal con sinuosas paralelas. Las sucesiones matemáticas, las fórmulas químicas y los problemas de física cobraron sentido para mi inteligencia. Logré acabar primero con solo tres asignaturas suspensas, que aprobé al año siguiente. Según pasaban los cursos fue produciéndose en mí la transformación mental pronosticada por la Decana, la transición de agricultor pegado al terruño hacia el enólogo sabiamente formado.


Las cartas de mi madre fueron distanciándose en el tiempo y perdiendo emotividad. Yo lo achaqué a la inercia, incluso lo agradecí, porque no disponía de demasiado tiempo para contestarle: daba clases particulares a los alumnos novatos para no pedirle demasiado dinero. Durante las últimas vacaciones de navidad de la carrera la noté rara, inexpresiva, como indefensa en el pórtico de la vejez. No me hizo ninguna gracia, aunque me resigné a asumir los efectos del paso del tiempo en su infatigable anatomía. Por fin terminé mis estudios de enología y volví a casa con el título debajo del brazo y una sobresaliente tesina titulada Efectos del laboreo tradicional sobre la estructura radicular de Vitis vinífera.


Nadie de la familia acudió a mi graduación y tampoco me esperaban en la Estación del Norte. Llegué al pueblo en autobús, un paisano me llevó hasta la bodega. Enfilé el camino de entrada y pronto divisé a mi madre, sentada sobre una silla de morera junto a la puerta principal, con un trapo blanco entre las manos. Solté las maletas y corrí emocionado hacia ella, esperando una respuesta simétrica por su parte. Nada sucedió. Según me aproximaba percibí en sus ojos la inquietante infinitud que mostraban en nuestras visitas al Majuelico de las Mulas, aunque esta vez le costó salir de ella. Se levantó con lentitud, solo después de un buen rato reconoció mi rostro y me dio un abrazo colgándose de mi cuello con una fuerza descontrolada. Mi tía Inés observaba cabizbaja, negando en silencio con la cabeza. El mal de Alzheimer había logrado penetrar en su cerebro torturado por las complicaciones afrontadas en soledad.


Me hice cargo de la bodega. Las instalaciones fueron mejorando en contraste con la salud de mi madre, cada día más maltrecha, hasta llegar a no reconocer a ningún familiar. Por suerte su movilidad no se vio demasiado afectada. Elegí el Majuelico de las Mulas para alumbrar un vino señero, un producto estrella para poner en mayúsculas el nombre de nuestra humilde bodega dentro del enrevesado mundo de la comercialización. Tres años tardé en lograr un vino ecológico de autor, integrado, poderoso en boca, singularmente vinculado al esfuerzo y a las extremas condiciones climáticas de Nieva. Apenas mil quinientas botellas de un néctar extraído de uvas vendimiadas a mano, obtenido del mosto yema tras un prensado liviano, para fermentarlo con levaduras autóctonas y criarlo sin prisa en fudres, batoneando con precisión sobre sus lías. Gracias a una subvención pude aceptar la invitación del Salón de Vinos Radicales de Madrid, donde fui galardonado con el premio Radical del Año.


Volví exultante a nuestra hacienda y plasmé en la etiqueta del vino el nombre del galardón obtenido. Una caja de tres fue a parar al despacho de mi querida Carmen. Otra, la primera que bebimos tras el premio, ocupó un sitio de preferencia en la mesa de mi madre. Al verme descorcharlo para servirle a ella y a su hermana, pareció abrirse un cajón largo tiempo cerrado en su mente. Tomó la copa por la base y comenzó a moverla mostrando la maestría con que antaño acostumbrábamos verla efectuar las catas. Tras evaluar la textura y el color inclinándola a contraluz, lo olió con la elegancia de un sumiller en plenitud de facultades y bebió un ligero sorbo cerrando los ojos. Mi tía Inés y yo llorábamos contemplando aquel paréntesis lúcido en la trastornada actividad de sus sesos resquebrajados. Esa solemne libación resumió mágicamente su empeño por convertirme en un experto enólogo y mis esfuerzos por hacer realidad su mayor ilusión.


Abrió los ojos derrochando la última chispa de alegría alojada en sus mejillas y, para mi sorpresa, dijo con toda normalidad:


─Este vino es del Majuelico de las Mulas, ¿verdad?


Yo contesté tras secarme las lágrimas con las mangas de mi camisa.


─Sí mamá ─no logré añadir nada más.


─ Esta temporada ha salido muy bueno, Marcos.


Fue el mejor reconocimiento que jamás recibirían mis vinos y la última vez que oí a mi madre pronunciar mi nombre.

Sección: Concursos

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