Ruta del Vino de Rueda

15/09/2021

‘Alejado de los más cercanos’, 2º premio del Certamen de Relato Corto 'PUEBLOS Y SABORES'

2º premio, Categoría Relato Corto. Dotado con 400€ de premio

AUTOR:  
Angel Cisneros Aznar,
Zaragoza


Vuelven a sonar las campanas. La noche cubre el pueblo y sus campos, poblando de temores las veredas, apresurando los pasos de aquellos que regresan. Un ánima cabalga hacia el cementerio a lomos del viento. Ladran algunos perros tratando de ahuyentarla y el ganado, ya encerrado, se apega inquieto. Callan y suspira el viento.
Han dejado de tocar en el campanario, pero el lúgubre tañido aún se esparce junto al humo que exhalan las chimeneas. En los hogares el pobre fuego que las cepas arrojan no consigue abrigar los miedos que las lenguas infunden. Habrá quien los niegue, quién mienta para ocultarlos y quién los sufra abiertamente. Mas esta noche se agitarán inquietos por sus sueños casi todos ellos. El llorar de algún niño será escuchado por recelosos desvelos que solo el amanecer apaciguará. Pero la noche es larga y la prolongarán los temores que barren y despueblan las callejas. Una fría luna de otoño apenas las alumbra. Un portazo precipitado en una de ellas interrumpe el silencio. Vuelve a gemir el viento y las cornisas, plañideras, acompañan su lamento...
Ya el alma está llegando al camposanto, que le aguarda con la verja entreabierta chirriando sobre sus herrumbrosos goznes. Dos cipreses flanquean la entrada. Pasa de largo sin descabalgar y, levantando tierra, asciende por la ladera enriscada de un cerro. Lo hace despacio, poco a poco, hasta dejarse posar en lo alto, junto a una ermita que un relámpago incendió. El viento ha cesado y la noche se encalma. A la vista, en penumbra, un pueblo que simula dormir precede a la sierra. Más allá, las tinieblas ocultan una vieja montaña maldita por las nieblas. Nada más en aquel lugar tan alejado de los más cercanos. Poco más en una distante aldea que nunca fue de paso.
El ánima escucha unos pasos taciturnos. Es la Muerte quien se acerca.
- Heme aquí de nuevo -susurra a modo de saludo a espaldas del ánima que la aguarda.
- De nuevo aquí.
- ¿Cómo has pasado el tiempo? -pregunta la Muerte.
- Sin vivirlo, esperando -responde irónica el ánima.
- ¿Y ha servido de algo? -la pregunta no espera respuesta- ¿Qué me traes esta noche?
- Lo mismo que todas desde aquella, hace ya tantos años, en que te entregué mi vida, ya lo sabes. Pero sin prisas. ¿Te impacientas? Me sorprendes.
- Envejezco sin descanso y cada vez hay más por hacer. Apenas llego a tiempo de cosechar mis vidas. No puedo ser puntual y cada vez prolongo más las agonías...
- ¡Deja ya de lamentarte! Acabarás por infundirme lástima y estropearás la noche.
Se abrazan, como dos viejos amigos a los que la distancia aúna, y descienden por la senda que ciñe el otero hasta la entrada de una bodega centenaria que penetra en las entrañas de la reseca tierra. Y allí, en torno a una mesa baja, sentados sobre sendos taburetes, comparten un vino que envejeció con ellos y para ellos. Y llenan sus vasos mientras apuran sus recuerdos, que no son sino los de siempre, tratando de sofocar la sed de una vida de la que ambos carecen. Mientras la noche transcurre, mecidos por los efluvios del vino y arrullados por una conversación que poco tiene de nueva, poco a poco, el sopor se apodera de ellos y sobreviene el sueño. El ánima se resiste. Observa a la Muerte adormecida ya sobre la mesa, con ternura, con cierta lástima, quizá entre efímeros remordimientos. Aflora la nostalgia. Su pasado se difumina al hacerlo regresar a la memoria, como los rostros que intenta evocar, cuya imagen se enturbia. Esbozados ligeramente por bienintencionadas descripciones de quienes lo criaron en su ausencia, surgen borrosos los de un padre y una madre fallecidos durante una epidemia que asoló y diezmó estas tierras, dejándolo así al cuidado de unos tíos ya mayores, de quienes recibió el amparo y cariño que el infortunio le arrebatara. Los recuerdos, aunque faltos de claridad, vuelven…

Algunos años antes, en el cementerio, tras el entierro de sus tíos y ya a solas.
- Me has invocado… ¿En qué puedo ayudarte?
Valero, pues ese era el nombre en vida del ánima, no se sorprendió aquella noche al ser asistido en su dolor por la Muerte que, considerando oportuno no interrumpir su duelo, había esperado junto a los nichos para recoger lo que había venido a buscar.
- ¿Puedes llevarme con ellos? -sugirió Valero sin alzar la mirada de las tumbas.
- Tres son muchas vidas. Hace algún tiempo lo habría hecho, pero ya no puedo soportar sobre mi espalda el peso de tantas almas. Quizá en la próxima ocasión, si tanto lo deseas... - contestó extrañada la Muerte.
- Eso es esperar demasiado.
Valero sintió cómo se alejaba taciturna la Muerte, tras tomar lo suyo, discreta como llegara. Y entonces...
- ¡Espera!
Fue la melancolía de una vida abocada a la soledad lo que le apresuró sin pensarlo dos veces a improvisar aquél insólito ardid.
- Tal vez podamos ayudarnos para sobrellevar ambos mejor nuestros hados. Si muerto, yo podría ser quién por ti requiriera y recogiera las vidas de este lugar para entregártelas donde tú desearas. Te evitaría con ello las fatigas de una ardua labor que, como sospecho, se te hace ya penosa.
- ¿A cambio de…? - espetó impasible la Muerte antes de lo esperado.
- De intentar evitar que sufran otros lo que yo ahora, y de que sea la mía, claro, la próxima vida que te cobres.
Intuyó cierto recelo por parte de la Muerte en el silencio que provocó su oferta, mas no hubo negociación alguna e, indolente, accedió al trato.
- Regresaré cada año por la noche de Todos los Santos, como la llamáis vosotros, y habrás de entregarme siempre dos vidas. El próximo una de ellas, según lo acordado será la tuya. No pienses ni por un momento que te será fácil ponderar lo oportuno de una defunción, ni sopesar, de entre las posibles, aquella que menos malogre otras vidas. ¿Podrás sobrellevar el sufrimiento que inflijas? ¿Aliviarás agonías o truncarás curaciones? ¿Acaso esperas que sean baladíes las decisiones que tomes? Ningún alma será repuesta, tenlo presente.
Y sin más dilación, sin esperar respuestas a unas preguntas formuladas sin reproche ni pretender provocar la más mínima vacilación, dejó a su nuevo acólito rumiando cavilaciones a las que ella nunca ambicionó dar respuesta. Con su sigilosa partida el cementerio se tornó acogedor para aquel a quién nadie esperaba ya en un hogar vacío, pleno de recuerdos, al que a partir de un año después solo podría regresar como espectro.

Cabecea la Muerte. Se remueve conmovida por sus sueños, arrancando a Valero de su ensimismado recordar, pero al instante recupera su calmoso dormitar. “De aquello hace ya mucho tiempo”, recapacita Valero mientras se incorpora y asciende cansino las escaleras que le devuelven al exterior, donde la noche le espera para despedirse y anunciarle con una brisa fresca la llegada del amanecer; imagina lo que, como siempre, espera que suceda, tal y como urdió desde aquel encuentro en el que ofreció su vida, a pesar de sentir cierto resquemor por su engañifa. Despertará la Muerte somnolienta, quizá todavía ebria, cuando el sol raye el recortado horizonte erizado de carrascas. Ambos se estremecerán sintiendo la humedad calando hondo. Abotargada lo buscará para que le entregue, antes de despedirse, cargadas en una talega, las dos vidas que el pueblo pierde cada año y partirá sin demorarse para cobijarse en una noche sempiterna. Cuando aprovechando un descanso en su transitar rebusque en el saco las vidas que Valero recogió, advertirá el engaño de hallar tan solo una. Conformada, se cargará la talega y volverá a pensar que es la última vez que se deja emborrachar con el vino recio y peleón de aquel pueblo tan alejado de los más cercanos, al que solo puede llegarse una vez al año con la pretensión de cobrarse dos vidas de vez para no tener que volver tan a menudo. Un lugar en el que deja un amigo ignorando que su treta es descubierta una vez tras otra, pero que se repetirá, consentida, a costa de una agradable velada de buen beber y buena compaña.

Suenan las campanas a la luz del día. El sol ya asomó calentando los campos y animando a las gentes a volver a ellos, ahuyentados los miedos de quienes vuelven a recorrer sus senderos, de quienes retiran las cenizas y remueven las brasas en el hogar. Entre balidos y resonar de cencerros un pastor azuza a los perros. Todavía no se oye a los niños, que aún rezongan en sus camas obedeciendo a sus madres de mala gana. Las ensoñaciones, los temores, se retiran y desvanecen. Las historias tenebrosas apenas se recuerdan. Los fantasmas y aparecidos, si los hubo, se esfumaron en pos de la oscuridad. Tan solo un ánima, desde la enriscada peña llamada “De las Almas”, observa la tierra que lo acogió al morir, el pueblo que le vio nacer, a aquellas gentes a las que intentará escatimar una muerte que alivie la pena con la que él rehusó vivir.

Sección: Concursos

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