Ruta del Vino de Rueda

‘El Dorado no se halla en las islas occidentales’, 3º premio del Certamen de Relato Corto 'PUEBLOS Y SABORES'
15/09/2021

‘El Dorado no se halla en las islas occidentales’, 3º premio del Certamen de Relato Corto 'PUEBLOS Y SABORES'

3º premio, Categoría Relato Corto. Dotado con 300€.

AUTOR:  Plaiton
Salamanca


A Alonso Villamediana, alias Tarambana, le dieron gato por liebre; y nunca mejor dicho. Esa jornada él había acudido gozoso a la taberna de Quino, el Tuerto, a eso de las dos de la tarde para manducar unas liebres estofadas con guarnición a las que estaba invitado desde que, la noche anterior, se encontrara en esa misma taberna con un par de antiguos compañeros de correrías que habían acabado de salir de presidio y querían celebrarlo por todo lo alto, para lo cual los tres, ya con una buena curda encima después de beber vino hasta las tantas, quedaron al día siguiente allí mismo para comer.

Aunque le pareció harto extraño que, siendo la hora que era, ninguno de los otros dos comensales hubiese acudido a la cita, no le dio demasiada importancia a este hecho y nada objetó cuando Quino, el Tuerto, puso sobre la mesa la descascarillada fuente de barro con las liebres aún calientes. Al tener un hambre canina, Tarambana no se anduvo con remilgos y en un santiamén se metió entre pecho y espalda una liebre entera y parte de otra, dejando los huesos más limpios que si hubiesen sido roídos por ratón de confesionario de ermita. Al fin los dos ex presidiarios aparecieron en la taberna y, tras sentarse a la mesa frente a él y mirar fijamente la fuente con lo que quedaba de las liebres, comenzaron a reírse de buena gana.

—¿Qué os hace tanta gracia? —preguntó Tarambana con cierto mosqueo y después de limpiarse los labios con el envés de su mano siniestra.
—¡Miau, miau…! —respondieron los dos exconvictos al unísono.
—¡Pardiez, hideputas! ¡Sin duda os merecéis ser condenados de nuevo a prisión después de esta bellaquería que habéis urdido contra mí y mi buena fe! —exclamó Tarambana.
—¡Miau, miau…! —concluyeron, con cierto recochineo y sin dejar de reírse, sus ingeniosos compinches.

Lo que más molestó ese día a Tarambana no fue que él hubiese manducado gato romano —una carne, por cierto, fina y sabrosa como pocas si se tiene al sereno un par de días seguidos y luego se condimenta y cocina como es menester—, sino la pretendida camaradería de que se valieron sus dos antiguos compañeros de rufianerías, secundados por el tabernero, para engañarlo tan vilmente. Claro que él era el menos indicado para quejarse de esta o de cualquier otra gracia contra su persona, puesto que entre la gente baja y zafia de la ciudad eran famosas sus continuas burlas. Sin ir más lejos, durante la última comilona celebrada por las autoridades en el palacio episcopal, donde él había acudido de gorrón haciéndose pasar por clérigo confesor de la corte que estaba de paso en la ciudad, se permitió, además de hartarse de escogidos manjares y selectos vinos hasta casi reventar, internarse a escondidillas en las dependencias privadas del obispo para robarle algunas de sus valiosas pertenencias; que luego escondería bajo la sotana prestada que llevaba puesta y de este modo poder sacarlas de allí sin ser pillado in fraganti y acabar sus días en el cadalso o, en el mejor de los casos, apaleando sardinas con el hermano de Rómulo en galeras. También había quedado grabado en el anecdotario de pícaros, danzantes y trampistas de esa importante ciudad el día en que él tuvo el atrevimiento de sustituir a un criado, al que previamente había pagado algunos maravedíes para que esa jornada fingiese encontrarse en cama con calentura y le dejase su librea, en una boda de postín para servir la mesa; lo que aprovecharía poco después para cambiar en la cocina los muchos hojaldres rellenos con carne de oca —manjar propio de reyes, príncipes y purpurados— por otros que él mismo y sus compinches habían rellenado poco antes con carne de lebrel al que su dueño había sacrificado el día anterior por no valer ya para la caza. Y es que, a decir verdad, los tiempos que corrían eran arduos para todos, en especial para los que, como él, se pasaban la vida trampeando y tenían que ingeniárselas día tras día para llevarse algo de comer a la boca y así poder engañar al hambre imperial que siempre iba tras ellos como perrillo faldero.

Para no pagar el alquiler de la mísera buhardilla de la pensión donde vivía, Tarambana había engatusado a la patrona diciéndole que estaba a la espera de recibir una cuantiosa herencia de un tío abuelo suyo al que ya le habían impartido la extremaunción. Pero como los días pasaban y él seguía sin desembolsar ni una mísera moneda de vellón, la patrona, viuda desde tiempo atrás y necesitada de afecto como cura sin parroquia, le exigió sin pudor que se lo pagase en carne; a lo que él no tuvo más remedio que acceder y dejar que esa concupiscente mujerona, entrada en chichas como gorrino en época de matanza, subiese hasta la buhardilla cuando así se lo demandaba el rescoldo de deseo aún atesorado entre sus muchas arrobas; dejando a su forzado y joven amante hecho unos zorros debido a la fogosidad con que ella lo jineteaba una y otra vez.

Huyendo tanto de los justicias como de su lujuriosa patrona, Tarambana abandonó esa populosa ciudad cierto día del mes de octubre y se unió en el camino a unos mercaderes castellanos que se dirigían hacia Medina del Campo, villa esta, además de Rioseco y Villalón, donde se celebraban importantísimas ferias y en las cuales, por liberalidad de los Catolicísimos Reyes, se reducía considerablemente el pago de alcabalas. Allí, entre gentes de lugares tan lejanos y distintos como Lisboa, Burgos, Sevilla, Navarra, Aragón, Francia, Génova, Flandes, Florencia…, Tarambana cameló como mejor pudo a algunos vendientes y mercantes, que hablaban diferentes jergas y habían montado sus tendejones en la plaza Mayor, para que le permitiesen ayudarlos en algún quehacer mientras se ausentaban momentáneamente de sus negocios por alguna causa ineludible; lo que él aprovecharía para sustraer pequeñas mercaderías de valor y luego vendérselas a pícaros, rufianes y aventureros que hasta esa villa habían acudido al olor de una fácil ganancia.

Con los maravedíes que sacó de sus muchos manejos en estas Ferias Generales del Reino que, por otra parte, duraban cincuenta días y se celebraban dos veces al año, Tarambana pudo permitirse el lujo de dormir sobre colchón durante algún tiempo y también llenar la andorga en las concurridas tabernas de esa villa dominada por su impresionante castillo de la Mota, en el cual testó y murió la reina Isabel de Castilla hace ya algunos años. En aquellas largas y provechosas jornadas de mercado pasaron por su medio desdentada boca manjares tan deliciosos como palominos escabechados, asadura guisada con su ajo, capones y gazapos a la cazuela, liebres, cochinillos, corderos…, y todo ello regado con el vino de estas tierras en verdad exquisito al paladar. Por lo que allí le dijeron gentes de esos mismos territorios, el citado caldo, conocido como «Dorado», se elaboraba tanto en grandes bodegas como en otras excavadas bajo muchas casas de esta y otras poblaciones cercanas a partir de una uva llamada verdejo que, al parecer, trajeron los mozárabes cuando repoblaron estas tierras pardas, pedregosas y de fácil laboreo, regadas por el caudaloso río Duero y sus afluentes Trabancos, Zapardiel y Adaja, en tiempos del rey Alfonso el Sexto. Indicar también que a este afamado caldo, criado durante dos lustros para su perfecta madurez, fueron muy aficionados tanto Isabel como Fernando, los Catolicísimos Reyes, quienes se encargaron de que tuviera un precio controlado y fuese el vino de la corte. Entonces pensé que muchas gentes se embarcaban con rumbo a las Indias Occidentales en busca del Dorado, sin presentir siquiera que el verdadero tesoro era ese vino tan dorado como aquel.

Pero como la alegría no suele durar mucho tiempo en casa del pobre, Tarambana tuvo que huir de allí después de ser denunciado por varios mercaderes a los que había timado; abandonando la feria de Medina del Campo escondido en una cuba de vino vacía que, junto a otras, reposaba en un carretón tirado por dos mulas, y a cuyo dueño él antes había ofrecido algunas monedas por ayudarlo a salir de los muros de la villa. Tras casi tres leguas de marcha, llegaron a una población llamada Rueda, la cual se encuentra enclavada entre dos cerros y rodeada de pinos, campos de cereal y viñedos.

Durante las pocas jornadas que Tarambana permaneció en esta población, le llamó poderosamente la atención la enorme cuba, de unos quinientos cántaros de capacidad, que allí habían instalado para que los vecinos vertiesen vino en ella y con el dinero obtenido por su venta pudiese costearse la construcción de lo que algún día será una ermita que ya han comenzado a llamar de «la Cuba» y que estará bajo advocación del Crucificado.

También una de aquellas mañanas presenció un espectáculo que, aunque él ya conocía, nunca antes lo había vivido con tanta intensidad: la matanza del cerdo. Él mismo se encargó de sujetar por una pata al enorme animal —de quince o dieciséis arrobas de peso— mientras el matarife lo acuchillaba en la yugular y las mujeres recogían el rojo y caliente líquido en cuencos y barreños. Luego, una vez limpiado y rasurado cuidadosamente con fuego, lo abrieron en canal y comenzaron a despiezarlo con gran maña, sacando en primer lugar las vísceras y salando otras partes para su conservación. Todo esto fue seguido con gran algarabía por las gentes, comenzando por los bulliciosos chiquillos, que no tardaron en correr tras una pelota que habían fabricado después de hinchar con aire la resistente vejiga del marrano. Reunido todo el pueblo en torno a varios tablones de madera, empezaron a dar buena cuenta de ciertas partes del cerdo que no podían ser conservadas: hígado, estómago, corazón, cerebro, ojos..., y otros alimentos que las mujeres trajeron de sus casas para completar tan suculento manjar; todo ello, claro está, sobradamente regado con abultados odres del exquisito vino dorado de esas tierras. Mientras muchos vecinos cantaban y bailaban al son de un ajado laúd, el coloradote y orondo párroco del lugar, ya achispado, habló a quien quiso escucharlo de un antiguo escrito de san Ambrosio, que trataba de un cerdo que hacía testamento antes de morir y donde enumeraba los muchos beneficios hechos por él a la humanidad y, por ende, a toda la cristiandad.

Tarambana regresó a la populosa ciudad que lo viera nacer hace ya más de cinco lustros y, con ello, poder seguir trampeando con la vida. Pero el falaz diablo, que nunca duerme y todo lo añasca con sus malas artes, hizo que la antigua patrona de Tarambana, encorajinada con este porque ya no quería compartir lecho con ella, lo acusara ante el alguacil de haberse disfrazado de clérigo de la corte para internarse en las dependencias particulares del obispo y robarle algunas pertenencias de gran valor. A partir de entonces, los acontecimientos se desarrollaron con la celeridad propia de los asuntos en que hay perjudicada gente de alta alcurnia, y Tarambana fue detenido y llevado a prisión. Y aunque en el potro de tortura confesó y se arrepintió de sus numerosas fechorías —incluida la de que había sido él, y no Judas Iscariote, quien entregó a Jesucristo para que lo crucificaran hace la friolera de más de quince centurias—, nada ni nadie pudo salvarlo de la horca.

Poco antes de que su cuerpo pendiese de la soga del cadalso para luego ser arrojado a los caminos con el fin de servir tanto de escarmiento a las gentes como de festín a alimañas y aves carroñeras, Tarambana recordó con cierta nostalgia algunos retazos de su azarosa vida, sobre todo los buenos momentos pasados en aquellos mágicos territorios regados por el Duero; y consideró que era una verdadera pena no poder despedirse de este mundo saboreando una jarra de aquel exquisito vino dorado que, como valioso tesoro que era, allí descubrió para deleite de su gusto y contento de su espíritu.

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