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Concurso de Relatos Cortos 2º premio: EL FANTASMA DE LA VILLA DE RUEDA

2º premio: EL FANTASMA DE LA VILLA DE RUEDA

2º PREMIO DE LA III EDICIÓN DEL CERTAMEN DE RELATO CORTO 'PUEBLOS Y SABORES'

Título: EL FANTASMA DE LA VILLA DE RUEDA
Autor: Paloma Ruiz del Portal Muñoz (Málaga)

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida” (Pablo Neruda)

Cándida Rodríguez, natural de Rueda, provincia de Valladolid, resucitó tres semanas después de que hubiera sido enterrada. Explicar esta anomalía orgánica, este camino inverso desde la presunta oscuridad de la muerte hasta la radiante luminosidad de la vida resulta imposible. Sucedió, ya está. Como suceden las cosas. Como sale el sol cada día, como nace y muere el amor, como cae la lluvia del cielo cuando le viene en gana. Los vecinos del pueblo, expertos en saborear la existencia con una buena copa de vino frente a una chimenea encendida, lo dieron por bueno y el asunto se olvidó.
Pero yo no puedo olvidarlo. Porque Cándida es mi madre.
Así que escribo estas líneas por puro desahogo, y porque tengo una teoría, y ustedes me dirán, cuando lean estas líneas, si pudiera ser que yo lleve razón.
La Resurrección, por llamarla de algún modo, sucedió un sábado otoñal. Desde su muerte nadie había vuelto a cocinar en esta casa. Nos faltaba el ánimo, a mi padre y a mí, para fingir que la vida se parecía un poco a lo que había sido hasta entonces. Bastante hacíamos con acordarnos, a veces, de que necesitábamos comer si no queríamos enfermar. Así que habíamos dejado de sentarnos en torno a la mesa de la cocina, junto al horno de leña, donde cada domingo mamá nos asaba un lechazo. La sensación de hambre pertenecía al pasado, como si la muerta se la hubiera llevado consigo, pero el día de su vuelta advertí que en la casa olía a comida de repente.
Estaba en mi dormitorio, tumbada en la cama, en la planta alta, cuando una bofetada de irrealidad me dejó clavada en el suelo. Porque un intenso olor a ajo frito se había colado por mi nariz alucinada. Supuestamente mi padre estaba dando un paseo, lo había visto salir, y me encontraba sola. Así que, ¿quién diantres cocinaba? Nosotros habitamos en una casona de barro y de piedra, como muchas en esta comarca rural, rodeada de un silencio ocre y profundo. Lo que quiero decir es que no sufrimos intromisiones vecinales de ningún tipo, ni visuales, ni auditivas, ni por supuesto, olfativas.
La voz de mamá sonó de repente, alta y clara, despejando todas mis dudas.
-Cariño, baja. ¡Necesito que te acerques al pueblo y me compres aceite para la sopa de ajo!
Dicho esto, comenzó a canturrear, abriendo y cerrando cajones. Yo sabía que no soñaba ni sufría un delirio fantástico, o un desvarío alucinógeno producto del estrés de los últimos días. Lo sabía porque esas cosas se saben. Si alguna vez les sucede, que un muerto les resucite de repente en sus narices, un muerto que añoren y al que quieran con toda su alma, se acordarán de lo que les digo. Tendrán la certeza aterradora, demoledora, de que las cosas son lo que parecen, sin más, y de inmediato aceptarán con naturalidad el hecho, por muy sobrenatural que sea, de que esa persona ha vuelto.
Visto ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que me sentía tan dichosa que no estaba dispuesta a renunciar a la felicidad por una cuestión tan baladí como la ausencia de lógica. La Razón, con mayúsculas, puede ser terriblemente aguafiestas, así que le di de lado sin miramientos. Se trataba, en definitiva, de añadir un nuevo misterio a la larga lista de enigmas que al ser humano le quedan por resolver.
Sobreponiéndome al impacto inicial, bajé los escalones de dos en dos sin titubear, impaciente y hasta hambrienta, pues el aroma era ciertamente embriagador, y me planté en la puerta de la cocina con los brazos cruzados sobre mi pijama de cuadros escoceses.
“Igual soy yo la que ha llegado al Cielo”, pensé. “El Paraíso bien podría ser un lugar donde los ángeles cocinan sopas castellanas todo el tiempo”.
-Buenos días mamá- dije, impostando a duras penas un tono neutral. Incluso rutinario.
-¡Buenos días bella durmiente!-exclamó mi madre. Su tono de voz era infinitamente alegre.
Mamá me daba la espalda, pues se hallaba cortando trozos de pan duro sobre la encimera. Por un momento, influida por las innumerables películas de terror que yo había visto en mi vida, temí que se girara y no tuviera rostro. O que una calavera huesuda y hostil fuera lo único que sostuviera su brillante cabellera rubia de tonos pajizos casi verdosos, el color del vino de nuestra bodega. ¿Tendría mamá una cabeza vacía, sin piel ni ojos?
Me dediqué a observarla de espaldas, y mientras más la miraba, más segura estaba: aquella mujer era mi madre. Ella volvió a canturrear sin volverse. Yo estaba cada vez más impaciente, y deseaba abrazarla a pesar de los miedos, pero no lo hacía. Temía, más que un rocambolesco ataque zombi, que se desintegrara allí mismo como un átomo, que se degradara como una hoja de papel antigua, que se acaba transformando en polvo. Quizás los muertos eran muy frágiles.
Extrañada por mi silencio, ella se volvió al fin. Su mirada carey resplandeció dulce como el caramelo, y caldeó la habitación más de lo que el fuego calentaba la sartén donde se doraba el ajo.
-No sé cómo he podido despistarme. ¡Juraría que había aceite en la despensa! ¿Cuándo se acabó el aceite?
Fui incapaz de contener mi emoción por más tiempo y empecé a llorar. Fue un llanto alegre, un sollozo que era una fiesta, como si me brotaran de los ojos fuegos artificiales. Y tanto lloré que tuve miedo de encharcar el suelo de la cocina y de ensuciar las relucientes baldosas que mi madre -también estaba segura de esto- acababa de fregar. Porque tampoco habíamos limpiado la casa desde que ella murió. A mi padre y a mí nos había devorado la incuria como el moho devora los quesos blandos y tiernos.
Los brazos de mamá se abrieron de par en par al ver mis lágrimas y yo me deshice de las últimas cautelas como quien se libra de un abrigo porque se muere de calor. Dando un par de zancadas me zambullí en mi madre como si me lanzara a una piscina de aguas turquesas y me quedé allí, sin decir nada, con el rostro escondido en su pecho de lana, con un montón de palabras aguardando en la boca.

El motivo de mi silencio no era otro que la cautela: yo ignoraba los motivos de su suicidio. Porque mi madre se había ido de este mundo de forma voluntaria y precipitada, cargada de razones misteriosas. Un dolor clandestino y repentino, tan profundo como silencioso, la había forzado a despedirse de nosotros. Pero fuese lo que fuese lo que causó su abrupto cambio - cuya ignorancia atormentaba a mi padre, que se culpaba de su adicción al trabajo- era evidente que ya no existía. O había perdido su fuerza, su poder, su talante intimidatorio. La Muerte lo había enterrado y se había olvidado de resucitarlo. Y el instinto me decía que era mejor no mentarla, por si ésta deshacía la amnesia lograda. Quizás el alma de mamá, al abandonar el cuerpo, se hubiera vaciado, limpiado, reseteada de alguna forma. Y ahora volvía con ella impoluta.
-He tenido una pesadilla…. te ibas de casa, nos abandonabas- susurré, para justificar mi torrente de lágrimas. El rostro de mamá permaneció impasible, crédulo y relajado. “¿Estará fingiendo?”, me pregunté.
-¿Dónde está papá?-preguntó ella.
-Dando un paseo-repliqué, aun sabiendo lo extraño que le resultaría a mamá oír tal cosa. Antes de enviudar mi padre no había dado un paseo en su vida, entendiendo por tal una caminata solitaria sin un motivo justificado. Papá tenía un cargo directivo importante en la Fábrica de Chocolate del pueblo, y para un hombre tan ocupado, pasear era algo propio de gente ociosa. Pero de repente lo necesitaba.
-¿Un paseo? Pues podría comprar el aceite….
En ese momento fui consciente de que papá podría volver en cualquier momento y de que, a diferencia de mí, él sería incapaz de disimular su agitación al ver con vida al cadáver de su esposa. Podría desmayarse de la impresión, o quizás turbarse hasta enloquecer.
De modo que subí rauda a mi habitación, tomé un chaquetón de lana gruesa del armario, y desde allí anuncié que iría a comprar el aceite, porque papá, al que telefoneé, no atendía las llamadas. Besé a mi madre antes de salir y arranqué mi pequeña motocicleta. Luego conduje despacio, atenta a los escasos peatones con los que me iba cruzando por la carretera comarcal, por si veía a papá, pero no lo vi, así que cuando llegué al pueblo me dirigí a la Iglesia de la Asunción, sospechando que podía estar allí, rezando aun sin ser creyente, siendo éste otro más de los misterios que había traído consigo la muerte de mamá.
Aparqué la moto, subí rauda los tres pequeños escalones de la fachada principal, hermosa y barroca, y entré en el inmenso templo blanco de altas columnas y bóvedas. Como no se estaba celebrando misa, estaba vacío. Advertí de inmediato la encogida figura de papá, sentado en el primer banco de la nave central y mirando sin ver el magnífico retablo dorado presidido por la Virgen, siempre rodeada por los cuatro Evangelistas.
Me senté a su lado sin hacer ruido.
-Mamá está en casa y nos está cocinando sopa de ajos-le espeté.
Mi padre se limitó a sonreír en silencio. Luego logré narrarle lo sucedido con admirable precisión y él no dudó de la veracidad de mis palabras. Aun así, por más que abrió y cerró la boca, no fue capaz de articular una sola sílaba.
-Debemos fingir normalidad-concluí.
Cuando por fin habló, se limitó a murmurar:
-Tenemos que comprarle el aceite.
Cuando entramos en la cocina papá se abalanzó sobre ella. La abrazó aun antes siquiera de saludarla, y mamá, riendo, coqueta, dejándose querer, protestó sin demasiada convicción.
-Ya sé lo que está pasando- dijo - tú también has soñado que os abandonaba sin explicación ninguna…
- Así es - replicó mi padre - Será casualidad. Pero ha sido todo tan real, que he decidido que voy a empezar a delegar, aunque me cueste, y a trabajar menos horas en la fábrica. Solo sé que quiero estar contigo a todas horas…
No pudo seguir hablando. La voz se le quebró como las ramas del manzano bajo la lluvia, mientras que mamá, que parecía realmente feliz, se quitaba el delantal.
-Soñad conmigo todo lo que queráis- dijo al fin- Pero os advierto que no pienso dejaros. Si algún día faltase ¿quién os iba a cocinar esta sopa de ajo? ¿O la tortilla de chorizo? ¿O las patatas a la importancia?¿ o esos corderos lechales maravillosos?
Dicho esto, siguió canturreando, extendiendo el mantel más bonito de todos sobre la mesa de la cocina. Luego sacó una botella de vino blanco, vino del nuestro, el vino excelente que dan los viñedos de esta tierra, vino de uva verdejo, fresco, suave, con sabor a flores blancas, a fruta, a heno. Y cuando por fin depositó la sopera humeante sobre la mesa, exclamó:
-¡Este vino y esta sopa resucitan a un muerto!
Y yo, ¿saben que pienso de todo esto? Después mucho razonar, y como les decía al principio, he llegado a una conclusión simple pero fulminante:
La vida en mi pueblo es tan maravillosa, que cualquiera que decida irse de aquí, forzosamente tendrá que arrepentirse.

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