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Concurso de Relatos Cortos 3º premio: CONFESIONES DE UNA VIÑA VIEJA

3º premio: CONFESIONES DE UNA VIÑA VIEJA

3º PREMIO DE LA III EDICIÓN DEL CERTAMEN DE RELATO CORTO 'PUEBLOS Y SABORES'

Relato: Confesiones de una viña vieja
Autor: Gerardo Vázquez Cepeda (Tomelloso)

Las raíces de mis cepas parecen tan asidas a la roca madre que si me pudieran arrancar de una vez, saldría entera como la tapa de un puchero. Soy vieja, de ahí mi arraigo, aunque es difícil precisar mi edad porque a las viñas no nos dan bautismo y eso que nuestro fruto auxilia la eucaristía. Algún legajo debe esconder, creo yo, el nombre de mi primer dueño y la fecha de puesta trazada con tinta, pero dudo que nadie se moleste en hacer tales pesquisas. El paso del tiempo agosta mi fruto, que ya no es más que una lágrima pero donde aún concentro todo ese sol que encierra la uva y se derrama para hacer el vino. Ahora estoy cercada, con la corva hacia mi tumba, dispuesta la cuchilla que me cercene. A mí alrededor se extienden alambradas por donde trepan los tallos, que se enredan en los cables y alejan el racimo del mullido colchón que les alimenta. Las viñas emparradas me sustituyen.


Las viñas de cepa baja seguíamos el curso del paisaje. En la llanura, el aire circula sin límites: manda el cielo. La espuma del monte, las casas de quintería, incluso las poblaciones de cal blanca respetaban esta jerarquía. Solo los molinos, solitarios en sus cerros, desafiaban la ley horizontal. Con el desarrollo de la industria del alcohol se sumaron las chimeneas de ladrillo. Estas chimeneas yo las veía desde lejos, escupiendo los rescoldos del aguardiente. Más tarde vinieron los depósitos de acero, grandes barrigas que contienen un mar en fermentación, refulgen al sol y aun estando lejos te deslumbran. Y en los pueblos se levantaron bloques de pisos, se urbanizaron las huertas con casas adosadas. Sin embargo, la viña siguió cernida al suelo, apenas separada del terrón. Hasta que comenzó también a levantarse.
Desde mi posición a ras del suelo, yo veía acercarse el carro tirado por las mulas. Ahora no distingo nada porque las hileras de espaldera me lo impiden. Solo veo su desafiante verdor en verano, que se transforma en una maraña cobriza en otoño, por donde se cuelan tirabuzones de luz durante la puesta de sol. En invierno, esas viñas quedan reducidas a unos escuálidos carámbanos, tristes estacas sin desbastar, cigarrillos aplastados contra un cenicero de alambre. Cebadas por el goteo, producen racimos prietos y se ríen por las cosquillas que les hace la máquina cuando las cepilla para sacar el fruto. Desde su altura, creo que me menosprecian. No entienden que yo he hecho el paisaje. Yo he hecho al hombre que tuvo que arañar la tierra y retirar su corteza, amontonando la costra para marcar mi linde. La pedriza es mi cicatriz y me enorgullece recordar su sudor, ese esfuerzo monumental. Con tanta abundancia de piedras, mis primeros cuidadores aguzaron el ingenio y construyeron un anillo, luego encima otro, cada vez más cerca, cada vez más dentro, hasta darle forma de hongo y crear así un monumento insólito donde poder dormir, guardar los aperos y el condumio, poner a las mulas al resguardo del cierzo. Estos bombos se van hundiendo y solo unos pocos resisten con la puerta atrancada.


Les hablo de un mundo finiquitado y reconozco, por mucho que me duela, que alguien tiene que ser el último, pasa con todo. Nunca dudé que me tocaría, porque he visto el paso de la mula al tractor, del gañán con la tartana, maestro del pan duro, al agricultor moderno, de barba templada y cuatro por cuatro, que agita el vino en la copa. Ya no lo sorbe con el labio torcido directamente de la bota. Faltaba una voltereta al paisaje, convertir la viña baja, punteada, en hileras verticales y rebosantes y así se ha hecho.


Estas viñas jóvenes se han criado bajo los cuidados mestizos de la máquina y el hombre. Las han guiado cables, alambres, estacas de acero, se han erguido desde el principio, sin mancharse de barro. Su suelo lo han hollado pies humanos, pero también la goma de las máquinas. Su fruto, lo fagocitan estos artefactos. Yo no envidio ese rasurado vertiginoso, que convierte la vendimia en un paseo de fin de semana. Mis cepas han sido sobadas por manos removedoras y solo los descuidados dejaban colgando alguna gancha, que era echada al morral de la rebusca. Antes de empezar la vendimia, el muestreo arrancaba de un pellizco el grano y mirándolo al trasluz lo espachurraba entre sus dientes, repartiendo el azúcar por los labios. Entonces llegaba todo el caudal humano hacia mí, para el saqueo. Un saqueo alegre, con tranchete y no cimitarra, con coplas y ningún grito de degüello. El mayoral daba voces para que nadie se quedara atrás y cada rato más o menos largo, mandaba parar y echar un cigarro. Había estudiantes rebañando una sopa al campo para poder pasar buenos inviernos entre los libros. Cuadrillas de forasteros, que hasta el comienzo de la vendimia dormían en las casas de quintería o desperdigados en los ángulos de las plazas traían una música distante en su lengua, reconocible, hasta que fueron relevados por personas de más lejos, de otros países y continentes. También obligué a sus corvas a hacerme una reverencia, la misma sin distinguir razas. Mis sucesoras, de esto si que no pueden presumir, no tienen ante si al hombre en genuflexión. Tienen a un hombre dentro de una cabina que las remueve y exprime, es lo mismo, dicen. Pero están las formas. Y yo me he cobrado mucho sudor, mucho dolor de espalda, muchos cortes y ampollas purulentas. He vendido caro mi fruto y por eso han tenido respeto a la viña, que era el sello del paisaje, sustituyendo a ese mar, dicen, que está tan lejos.
Este año, mi último año, el racimo anémico se pudre picoteado por los escasos pájaros. Pero hubo un tiempo en el que se apretaba en los carros y colmaba las bodegas. Los mozos arremangados lo pisoteaban para extraer el mosto, que dormía su metáfora en las tinajas. Miles de estómagos de barro obraban el prodigio de Baco. Cuando pasaba la vendimia, al asalto del cierzo, venía la poda y los sarmientos trenzados con manos raudas. Ver las pilas de gavillas, su fuego negro al atardecer, sigue siendo hermoso.


Viña vieja que soy, he sido superada por mis bisnietos, las espalderas que han roto el pretil del horizonte. Me pregunto quién yacerá sobre mi colchón, una vez extirpen mis cepas añosas. Imagino la excavadora arramblando o lo mismo lo hacen una a una, enrollando una cadena y al tirón. Una pena no poder elegir mi muerte como en las películas, los ojos vendados, la brasa del pitillo quemándote el bigote antes de la primera descarga. Si pudiera, preferiría un corte limpio para que quedara de mí algo de raíz. Porque aunque me burlo de las viñas nuevas, tan enhiestas sobre su tallo, con esas tupidas greñas que esparce el viento, colgando los racimos como ubres, las envidio. Ojalá pudiera reencarnarme en una y seguir, al menos, produciendo vino. Seguir con mi perla de tempranillo triturándose y cayendo por la tolva, aunque fuera para elaborar el traicionero alcohol, ese vino desahuciado que sirve para dar molde a las espirituosas o templar los bisturís y las agujas. Me entristece pensar que acabe como barbecho, parche terregoso o peor, rastrojo tomado por la cardencha, crecida porque nadie le dará escavillo. La posibilidad de que utilicen mi placenta para sembrar pistacheros o almendros, también me estremece. Mi copa leñosa no tiene envidia a esos árboles raquíticos, presuntuosos en primavera, pero igual, su fruto nunca alcanzará la divina metamorfosis. Puede ser leche o cualquier afeite para sellar las arrugas, grietas de dilatación que el tiempo siempre abre con su terco tironear, pero nunca llegará al Olimpo del vino. ¡Ay!, cuánto echaré de menos ser vino, adobarme en la barrica, verme preso en la botella, regar gargantas y aliviar los pesares de tanta gente con mis calostros. Pero lo que sea será, este solar no hace rebeldías.


Como piezas de dominó, hemos ido cayendo. Primero fue la mula, el carro, las serillas y capachetas, y el gañán con chambra, abarcas y pañuelo bajo la boina. Después la cruz de pámpanas encendida por el sol de la tarde, el último día de vendimia, la tinaja panzuda de barro donde iba cuajando el mosto, los mozos pisoteadores. Ahora, al fin, la viña con cepas bajas y damos punto y final a un escenario, para pasar a otro. Solo el vino sigue su curso renovado. Siempre me plegué a la llanura. Nunca hice competencia al horizonte, al cielo dominador. He respetado mi elemento y por eso he vivido más de un siglo. Ahora, seré pasto de hoguera por san Antón o carne de cocinilla. El destino de toda cepa vieja es la lumbre.

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